10/12/2009

Por el camino del amor.

Caminaba en el atardecer del domingo, descalza, por la orilla del mar. Permitía que mis pies tocaran el agua y sintieran la suavidad de la arena. Veía como se hundían un poco y dejaban huellas atrás. Veía hasta el fin en donde cielo y mar parecían estar unidos y las olas con sus blancas espumas de sal que golpeaban con braveza las rocas. No evité pensar en la vida y aquello que tantas veces hemos escuchado… el amor:

Dentro de nosotros, tenemos un deseo profundo de plenitud, de ser personas maduras, auténticas. Para satisfacer esta necesidad, buscamos en el amor una relación plena, porque éste nos parece el camino correcto.

En la práctica del día a día, constatamos que en el amor nos aceptamos, aceptamos al otro, trabajamos y nos perfeccionamos. Parece que sólo puede ser así. Lo es, y no lo es. Muchas veces nos decepcionamos porque ninguna relación humana puede suplir esa necesidad profunda de realización personal… cómo sería llegar a la autorrealización que plantea Maslow, qué espíritu acompañaba a Einstein, a William James, a Lincoln, al llegar. Es muy grande lo que buscamos para que otra persona nos lo pueda dar, resolviendo así nuestro problema. Aún así, no hay duda: es por medio del amor que aprendemos; pero no es tan fácil ni tan romántico como parece.

El amor tiene un camino doloroso, muy diferente a este de la playa, porque necesita pasar por el sufrimiento de la soledad para encontrarse, para probarse y demostrar que es verdaderamente amor. Sólo en el silencio de la soledad descubrimos que el amor está más allá del simple encuentro con el otro, y que es incapaz de llenar nuestra soledad. La soledad, el silencio y la oración nos llevan al interior de nosotros mismos, ya que allí se da la fecundación del verdadero amor, que nos impulsa hacia el otro, no para llenar nuestro vacío, sino simplemente para darnos al otro sin exigir nada en cambio.

Así actúa el amor, y nos encontramos a nosotros mismos, y recibimos al otro por entero.

08/12/2009

Cuando “estás en alguien”.

Ni una tonelada de flores, ni un millar de mensajes por celular tiene efecto cuando la persona que te gusta no “está en ti”. Y ustedes se preguntarán: ¿Cómo sabemos cuando alguien “está en alguien” y cuando no?

“Estar en alguien” es la aceptación con agrado que existe hacia una persona de interés sentimental. Normalmente se hacen más visibles los signos de “estar en alguien” en la mujer que en el hombre, ya que la mujer es más emocional y cuando no “está en alguien” encuentra la forma de rechazar la oferta rápidamente. El hombre, en cambio, puede dar señales equívocas, especialmente los de arraigadas costumbres machistas que no dejan pasar una oferta, aún el producto no sea enteramente de su satisfacción.

Tomando en cuenta estas consideraciones, al hombre le convendría ser más observador cuando se presentan algunos signos sutiles de rechazo, antes de hacer inversiones no remunerables. Algunos de estos comportamiento podrían ser, si luego de dos o más invitaciones: A- solo se refiere a ti como “buena gente”; B- si insiste siempre en ir acompañada de otra persona; C- si contesta una de cuatro llamadas que le haces; D- para hablar contigo siempre está muy ocupada; y E- si no desea exponerse en un lugar muy recurrente por sus amistades. Tengo un amigo que descubrió que la chica de sus sueños grabó en su celular su número telefónico bajo el sobrenombre CRISIS… !!!

Sin embrago, cuando una mujer “está en alguien”, pueden decirle lo que quieran de él y ella sólo tendrá oídos para la labia de su enamorado. Aquel que pretenda darle consejos o, en su defecto, leerle el pedigree, puede correr peligro de extinción. Encontrará gracioso sus chistes sosos, románticos sus piropos y buscará ese grado de afinidad hasta encontrarlo donde nadie lo ve. Por supuesto que le ofrecerá a su alma gemela permisibilidad para su acercamiento físico y la conquista de su amor.

Por el contrario cuando un hombre no “está en alguien”, su comportamiento suele ser engañoso, pues el hombre normalmente aprovecha la oportunidad “para estar”. Es más, si nota que la mujer que le gusta no está en él, lo primero que hace es asumir el reto de ponerla en eso. Manda flores a su casa o a la oficina; cuando la invita procura hacer alardes de su espíritu aventurero, su esplendidez y, sobre todo, de lo “reservado” que es. Suele tener detalles especiales como mandar un CD con la recomendación de una canción en particular, por ejemplo. Los mensajitos de celular suelen ser usados para realizar frecuentes contactos cariñosos.

Tengo que hacer un paréntesis para delatar algunas técnicas de ciertos VIVOS, que a sabiendas que la chica no está en ellos, la invitan para exhibir la hembra y enviar un mensaje subliminal de un levante ficticio. Si alguien le pregunta por su “amiga”, no aclaran, por el contrario les favorece el mal entendido. Por ejemplo, hay otros que tiene fama de mujeriegos y hacen planes hábilmente. Saben cuáles sitios se ponen “buenos” y cuales días y se exhiben media semana con chicas distintas. Yo sostengo, hombres que tienen muchas mujeres, no tienen NINGUNA.

Leer los signos de disposición de la pareja hacia una relación que inicia ahorraría muchos desencantos. También el verlos en una relación que no camina ahorraría muchas infidelidades. Las relaciones desarrollan con el tiempo distintos niveles de compromiso. A veces no aceptamos la realidad por no afrontarla. Nos mantenemos en una relación malsana, donde ninguno de los dos está “en el otro”, arraigados por el apego.

Para disolver los apegos es necesario un cierre. Los apegos crean estados de angustia, insatisfacción, dolor, miedo y resentimientos, ya que nuestra consciencia se debate entre lo que es y lo que desearíamos que fuera. Sólo se avanza sabiendo cual es la enseñanza detrás de cada experiencia. Sencillamente alguien cercano a nuestro corazón no cumplió con el rol que le asignamos. No estaba en nosotros.

Nadie avanza mirando por el espejo retrovisor.

03/12/2009

Carl Rogers: Tendencia a juzgarnos unos a otros.

Estamos presenciando una discusión. Comenta uno:

“No me gusta lo que está diciendo ese hombre”.

¿Cuál suele ser tu reacción obvia? La de juzgar. Ésa suele ser la reacción obvia de todos nosotros. Juzgar, o sea, evaluar ese comentario desde ti mismo. Así respondes, por ejemplo: “No, hombre, ese señor no es tan ligero como tú supones”. O sea, tu reacción obvia es juzgar ese comentario desde tu punto de vista, desde un marco de referencia personal tuyo, no suyo…

La más fuerte barrera de comunicación, cree Carl Rogers, nuestro célebre psicólogo social, es la tendencia a juzgarnos unos a otros. Juzgarnos, evaluarnos y, en consecuencia, aprobarnos o desaprobarnos mutuamente.

Pasemos a la vida política: la tendencia a juzgar es mucho más fuerte. Los de partidos opuestos se juzgan unos a otros, cada uno desde su propio marco de referencia. Y, obvio, nunca se entienden; más aún, cada vez se separan más.

Es claro que esta tendencia es aún más fuerte cuando se tratan puntos cargados de emotividad, política, religión, raza…

Más fuerte aún, cuando hay odio de familia; piénsese por ejemplo, en las peleas de herencia entre hermanos… Cuando hay antipatías y prejuicios de generaciones, frustraciones sufridas y reforzadas por años, pueblos sojuzgados, maltratados, etc. Los ejemplos aquí huelgan.

En estos casos, los hombres resultan verdaderas víctimas: saltan inmediatamente con un juicio hecho desde el propio punto de vista. Con eso, la distancia y la incomunicación entre esos grupos sociales continúan y se profundizan.

Para estas situaciones parece que vale el siguiente principio: Cuanto más fuertes son nuestros sentimientos antiotro, más tendemos a juzgar a los otros desde nuestro propio punto de referencia y menos comunicación hay.

En casos extremos, vemos que hay dos ideas, dos sentimientos, dos opiniones, “dos mundos”… que crecidos en dos personas distintas, se pierden, paralelos, en el inmenso espacio, sin encontrarse nunca; más aún, alejándose cada vez más,. En estos casos puede haber palabras de unos a otros, pero comunicación ninguna. Hoscos y desconocidos esos hombres avanzan paralelos por el ancho espacio, como astros que se repelen.

Creo que, en grado mayor o menor, todos hemos vivido esta situación en nosotros mismos. Y todos, también con tristeza, la hemos observado en otros: cuando dos personas se hablan irritadas, nosotros, puestos fuera de sus mundos emocionales, vemos muy claro que van paralelos, que no se encuentran , que las palabras que se dicen no tienen igual significado para ambos. Cada uno hace afirmaciones desde su propio marco de referencia, y lo que para uno es fracaso, para otro es éxito. No se entienden, no hay comunicación real, sino sólo intercambio de palabras extranjeras.

De modo que esa tendencia a evaluar al otro desde nuestro propio marco de referencia, sin intentar verlo desde el suyo, ésa es, según Rogers, la mayor barrera de la comunicación humana. Y ahí es donde hemos de poner nuestro mayor empeño, si de veras queremos que empiece a haber comunicación entre nosotros.